Judenfrei con derechos humanos

24/Sep/2026

Revista Seul- por Alejo Schapire

 

 

La cancelación de Ariana Harwicz de un festival en Granada vuelve a poner sobre la mesa el debate sobre la libertad de expresión y el lugar de las voces judías en el mundo de la cultura. Alejo Schapire analiza este episodio y otros casos recientes para advertir sobre una creciente tendencia a excluir a escritores y artistas por sus posiciones respecto de Israel.

 

“Hemos decidido no seguir adelante con tu participación en la presente edición del festival”. Así se enteraba por email la escritora Ariana Harwicz de que, a último momento, la bajaban del cartel del Festival Internacional de Arte, Literatura y Humanidades Cultur Alh, en Granada, España. “Tus posicionamientos públicos sobre Israel, Gaza y el boicot cultural son difícilmente conciliables con este compromiso institucional de la universidad”, argumentaron en su carta Patricia Escalona, codirectora junto a Ana Gallego Cuiñas del festival. Serían luego desmentidas: la Universidad de Granada declaró que la decisión “no fue adoptada, aprobada ni respaldada” por ella y que “no comparte dicha decisión”.

 

En cambio, otras invitadas (sus nombres merecen ser recordados: Rita Laura Segato, Lina Meruane, Sabina Urraca, Gabriela Wiener, María Fernanda Ampuero, Ángelo Néstore y Brenda Navarro) asumieron en un texto la “exclusión” y “cancelación”, afirmando que Harwicz “avala el exterminio” de los palestinos y la acusan de negar su “genocidio”. Por si el linaje del reproche a la escritora judía no quedaba claro, añaden que quienes niegan un genocidio, “así como quienes antes negaron el holocausto judío”, son “políticamente cómplices”.

 

No está de más recordar que el único órgano habilitado para determinar si un Estado violó la Convención sobre el Genocidio es la Corte Internacional de Justicia, que tiene el caso abierto desde la demanda de Sudáfrica y no ha dictado sentencia: sólo ordenó medidas provisionales. Que hay genocidio lo afirmó en septiembre de 2025 la Comisión Internacional Independiente de Investigación de la ONU, que no es un tribunal y cuya conclusión no condena a nadie ni obliga a nadie. Mientras tanto, la Corte Penal Internacional, que juzga personas y no Estados, imputó a Netanyahu hambruna como método de guerra, asesinato, persecución y otros actos inhumanos. Genocidio, no: nadie lo pidió. Pero estos sociólogos, poetas y narradores invitados ya zanjaron.

 

“Todos tenemos miedo, y todos tenemos claro lo que hay que decir para que te inviten a festivales o te den una subvención. Mis libros no son propaganda y no hablan ni siquiera de una época concreta. Hoy se está convirtiendo a los judíos en parias”, declaró Harwicz luego a El País.

 

No exagera: la lista de autores judíos e israelíes eliminados de eventos culturales por el mismo motivo desde los ataques terroristas de Hamás es vertiginosa; esta nota podría ser sólo una lista no exhaustiva de casos desde octubre de 2023.

 

La lista negra

 

En los últimos meses, el cineasta Nadav Lapid (israelí y acérrimo crítico de su propio país) debió retirarse por la presión en el Festival Internacional de Cine de Marsella (FIDMarseille); la cantante Liraz (israelí-iraní) y el guitarrista klezmer David Konopnicki (francés) de salas de París; la DJ Barbara Butch (francesa) en Amiens y Grenoble y el cantante Amir (francés) en Marsella; el músico Matisyahu (estadounidense) en Arizona, Nuevo México y el House of Blues de Chicago y el comediante Michael Rapaport (estadounidense) en el Comedy Vault de Batavia; la cantante Lenny Kuhr (neerlandesa), ganadora de Eurovisión, en la residencia Rosa Spier de Laren; el ensayista Michel Friedman (alemán) en un acto literario en homenaje a Hannah Arendt en Klütz; la novelista Elisa Albert (estadounidense) en el Albany Book Festival; la autora Alyssa Rosenheck (estadounidense) en una librería de Nashville; el escritor Marcos Ricardo Barnatán (argentino-español) acosado en la Feria del Libro de Santander; el columnista Thomas Friedman (estadounidense) cancelado en el Adelaide Writers’ Week. Jerry Seinfeld fue boicoteado en el Commedia a La Carte Fest en Lisboa: a esta hora él resiste, pero otros participantes le dieron la espalda y se bajaron del cartel con el argumento de “no podemos relativizar ni normalizar el genocidio”.

 

La cancelación de judíos e israelíes es independiente de sus posturas hacia el Gobierno de Netanyahu. Lo vivió hace poco el dibujante de El gato del rabino, Joann Sfar, a quien atacaron por las mismas razones que a Harwicz y debió enfrentar la presión de un encarnizado llamado al boicot contra su concierto dibujado en el teatro marsellés La Criée, bajo el lema “Sionistas fuera de nuestras ciudades”. A diferencia de Granada, Marsella no cedió a la cancelación. Lo amargamente irónico es que Sfar acaba de publicar Terre de sang. Le temps du désespoir, más de 600 páginas de relato documental de la desgraciada vida de los palestinos en Cisjordania, tras pasar dos años en Nablus y Ramala a través de sus propias voces.

 

Hay algo que no se explica lo suficiente: decirse antisionista no es lo mismo antes y después de 1948.

 

La única y estrecha vía que se ofrece a los creadores judíos para existir es que griten más fuerte que el resto consignas antisionistas y trabajen por la destrucción de Israel. Porque hay algo que no se explica lo suficiente: decirse antisionista no es lo mismo antes y después de 1948. Hoy, el sionismo es una realidad materializada en un Estado, no un proyecto a futuro, y el antisionismo supone destruir la sociedad israelí existente “del río al mar”.

 

El precio de ser aceptado

 

El ejemplo más reciente del requisito para no ser borrado es la larga ovación —24 minutos y medio, la más larga registrada en la historia de Venecia— a los documentalistas israelíes de Naza en la Mostra al presentar un trabajo con sello kosher realizado con testimonios anónimos para atacar al Estado hebreo.

 

Esta exigencia de pureza ideológica empieza a extenderse a los no judíos, siendo el caso del boicot al inglés Ed Sheeran el más reciente. Sus músicos renunciaron tras la inacción del pelirrojo ante la expulsión del telonero Macklemore, un activista antiisraelí que se ha destacado por gritar “Free Palestine” en estos conciertos y, en el pasado, por subir al escenario disfrazado de una clásica caricatura de judío con nariz ganchuda. Terminó pidiendo disculpas.

 

Más desapercibido fue el boicot a otro no judío, el guitarrista de Radiohead, el británico Jonny Greenwood, por haber osado tocar con el músico israelí Dudu Tassa. Tuvo que cancelar sus conciertos por “amenazas creíbles” en el marco de la campaña del Palestinian Campaign for the Academic and Cultural Boycott of Israel (PACBI). “Hay librerías en Madrid que venden abiertamente las novelas de Amos Oz, y él es israelí. Para mí, cancelar música es lo mismo que sacar libros de los estantes”, comentó Greenwood en una entrevista a El País. “No tengo lealtad ni respeto por el Gobierno israelí, pero tengo ambas cosas por los artistas que nacieron allí”, sostuvo en el Sunday Times.

 

La purga y el gueto

 

La industria editorial se ve particularmente afectada por el fenómeno. La escritora estadounidense Meg Keene, otra cancelada editorialmente por comentarios “sionistas” en redes, investigó el asunto y arriesga que, teniendo en cuenta los anuncios de Publishers Marketplace, los contratos de ficción que mencionaban contenido judío o israelí en grandes editoriales cayeron un 76% entre 2023 y 2024 y seguían un 47% por debajo en 2025.

 

El fenómeno es real, y otros autores han llegado a conclusiones similares, por lo que, como ella, han creado sus propios sellos editoriales para los parias.

 

“Autores, agentes, cazatalentos, editores y otros profesionales del mundo editorial describen un ecosistema —desde las grandes editoriales hasta #BookTok— que está silenciando las voces judías e israelíes. Los agentes y cazatalentos afirman que se ha vuelto imposible vender los derechos de publicación en el extranjero de obras de escritores israelíes”, apunta una larga investigación sobre el fenómeno en The Wall Street Journal.

 

“Autores reconocidos dicen que sus proyectos recientes han sido rechazados sin explicación alguna. Los escritores publicados con libros abiertamente judíos dicen que sus agentes los han eliminado de su lista; los editores les piden a los escritores que eliminen los elementos judíos o israelíes de sus libros”, agrega.

 

Ante este panorama, “el pueblo del libro” empieza a organizarse. Una de las principales iniciativas es obra del agente literario Neil Blair, fundador de High Line Publishing Studio. Representante, entre otros autores, de la escritora J. K. Rowling, se da por misión publicar a los autores excluidos del mercado editorial.

 

En el consejo editorial de High Line Publishing se sienta Lee Child. Aunque el padre de Jack Reacher no sea judío, apoya “la idea de dar acceso a escritores con los que la industria editorial se muestra incómoda”.

 

Según el WSJ, pronto publicarán “ediciones británicas de libros recientes de Dara Horn y Matti Friedman; los derechos mundiales de los nuevos libros de Adam Louis-Klein, influencer y fundador del Movimiento contra el Antisionismo; y Anatomía de un fracaso: el camino hacia el 7 de octubre, de Amos Harel, corresponsal militar del periódico israelí de izquierda Haaretz, que analiza los errores estratégicos cometidos por Israel antes y después del 7 de octubre”.

 

Otra iniciativa reciente, del 2 de septiembre, es la creación de Canary Publishing, una editorial que se propone “dar mayor visibilidad a las voces y las historias judías auténticas, en particular aquellas que, según los creadores, han sido marginadas, rechazadas o excluidas por las editoriales convencionales tras el 7 de octubre”. “Las voces judías han sido desde hace mucho tiempo el canario en la mina de carbón, el canto que indica si el aire sigue siendo seguro para respirar. Cuando nos silencian, todos deberían preocuparse”, explica su fundador, el editor y periodista Howard Lovy.

 

También existe con esta misión la editorial de no ficción Wicked Son, a cargo de Adam Bellow, hijo del escritor Saul Bellow.

 

Por más elogiables que sean, estos emprendimientos son un triste síntoma de la época, la creación de un gueto, o, mejor dicho, el regreso a él. Queda por ver qué se pierde el resto de la humanidad.

 

Los próximos en la purga

 

Sabemos que la izquierda identitaria es marginal, pero extremadamente influyente en el ámbito de la academia, el arte y los medios, capaz de imponer a través de la intimidación y la violencia su visión extremista, maniquea y anacrónica de un mundo dividido entre oprimidos y opresores. Pueden tirar a la basura de la historia desde los filósofos griegos de la Antigüedad hasta Churchill por considerarlos supremacistas blancos.

 

Hoy imponen el test de pureza a los judíos sospechados de sionismo. El asunto es que el 88% de los judíos estadounidenses sostiene que Israel tiene derecho a existir como Estado judío y democrático, lo que es, en su definición clásica, precisamente lo que el sionismo afirma. El 90% de los judíos británicos apoyan el derecho de Israel a existir. El último estudio público entre los judíos argentinos establece que 9 de cada 10 consideran “bastante” o “muy importante” el Estado hebreo. En Israel, se autoidentifican como sionistas entre el 84% y el 90% de los judíos, siendo los ultraortodoxos los más refractarios. En otras palabras, cuando dicen “sionistas” despectivamente, se refieren a 9 de cada 10 judíos.

 

El lógico paso siguiente —es lo que ha ocurrido en todos los protagonistas de la cultura y la política— será escrutar el pasado sionista con los ojos de la política actual.

 

¿Qué van a hacer con Kafka cuando descubran que estaba suscripto al semanario sionista praguense Selbstwehr y planeó instalarse en lo que hoy es el Estado de Israel? ¿Qué van a hacer con Paul Auster, que se negó a sumarse a un boicot a Israel? ¿Y el “sionista de toda la vida” Isaiah Berlin? ¿Y Hannah Arendt? ¿Y Bob Dylan? ¿Y Leonard Cohen tocando la guitarra para el ejército hebreo? ¿Los sionistas israelíes de izquierda Amos Oz o David Grossman tienen alguna chance de salvarse de la pira? Difícilmente: hasta los celebrados directores del documental Naza ya figuran en la lista negra de los indeseables creada por una Gestapo propalestina llamada Reverse Canary Mission. Allí describen al codirector de Naza, Yuval Abraham, como “un periodista ‘israelí’ que vive en un asentamiento y se beneficia del proyecto deshumanizador ‘Aliá’, encubre los crímenes de guerra de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) mediante el sionismo liberal y una solución de dos Estados”. En resumen: igual no te van a querer.

 

Van a tener que ser auditados los canónicos Philip Roth, Marcel Proust, Imre Kertész, Primo Levi, Ana Frank, a ver cuánto pudieron desviarse. Van a tener que reevaluar a alrededor del 14% de judíos en los premios Nobel de Literatura. Les seguirán los sionistas no judíos. Se pueden ir despidiendo del sionista Borges.

 

Esta embestida extremista es sólo posible porque autoridades como los responsables del festival de Granada, como los directores de todo tipo de eventos, han cedido al chantaje de grupos radicalizados y violentos que piden excluir únicamente a judíos. ¿Conocen algún autor chino boicoteado por la persecución que Pekín hace de la minoría musulmana uigur, o a algún poeta turco por no denunciar en público el probado genocidio armenio? Siempre esa exigencia exclusiva con el diminuto Estado de Israel. La paradoja cruel es que sólo pueden justificar su antisemitismo y fascismo llamándolo antirracismo y antifascismo. Exigen una cultura Judenfrei en nombre de los derechos humanos.